Para contemplar la posteridad
Apreciado lector:
No le damos la bienvenida a una empresa, puesto que, como ya aclararemos, no existe tal. Sí debemos explicar entonces la razón por cual nos dirigimos a un público que a decir verdad desconocemos, al cual, no obstante, interpelamos con agonizantes pretensiones, digamos respeto. No es propósito nuestro desfascinar; ni bucear con escepticismo en las profundidades de esos rincones ocultos bajo carnes frescas, envueltas en camisetas cortas, importadas y de pésima calidad; jeans que parecen viejos, y que, sin embargo, inflan el patrimonio de un carismático mercachifle. No buceamos, porque no hay nada que buscar. No hace falta querer moverse a tientas en la oscuridad. No hay motivos. Sin nosotros el bote ha partido, y en mil pedazos se ha partido, no bajo la furia de una tormenta, ni por el enorme mordisco de una bestia marina. No hay, en definitiva, bote al cual saltar. Estamos parados en el muelle, esperando (o eso parece). Nuestra bandera ha sido arrebatada por un ave que se ha suprimido en el vasto y recto horizonte, allá lejos, frente a nosotros. No es esta una invitación, estimado lector, a que viremos para rehacer, o inventar con lo que queda a nuestras espaldas, viajes delirantes y comunidades hedonistas en medio del pantano, del maloliente matadero. Felices esperamos únicamente que del infinito azul que contemplamos se nos devuelva acaso un trozo de lo que alguna vez fue la bandera que los maestros de nuestros padres heredaron, ya con remiendos, décadas atrás. No estamos parados ante este océano de zozobra en espera de respuestas. No sería justo desperdiciar este silencio con horribles aullidos. Si no valoran lo que escribes, dales la razón; si prefieren sellar sus oídos con concreto antes que darte un minuto para esa composición, no serás poco virtuoso (inmoral) si entiendes, por fin, que no eres necesario y, acto seguido, azotas contra el asfalto tu instrumento.
Sin cansancio, sin asfixia, lanzamos a las aguas una invitación a olvidar, y dejar que el impiadoso mar se lleve las amenazas diarias, la culpa por no hacerlo bien, y, sobre todo, los deseos de hacer un bien. No diremos, para salir de paso, que esta publicación será un viaje desafiante y poco convencional. No diremos, que aunque todo lo nuevo llega con la pulsión de ser lo que se esperaba, nosotros seremos, por el contrario, lo que nadie espera. No. Le diremos a usted que le hemos instado a presenciar este paisaje, este atardecer perenne y a creer en él, sin más, aunque a lo lejos suenen sirenas y cornetas, aplausos e insultos. El bien y el mal, lo útil y lo fútil, comparten por igual la posteridad. Hay, sin embargo, un monstruoso océano en la mitad, un muelle sin botes, una improbable vuelta atrás.
Miguel Tejada
